ANA MARÍA JIMÉNEZ.-
Erase una vez en el Salento italiano ( Puglia, Marina D´Ugento), bajo la italiana y antigua griega Lecce, un sitio donde nos juntamos los locos que creemos en la libertad, las ideas y las alianzas de la palabra. comemos y bebemos, amalgamados por el respeto, la amistas y la cultura “en crisis” de nuestros pueblos. Sedientos de luna y de fuerzas para el año lectivo: con sobresaliente en arte y en historia; notable en lengua; cinco en matemáticas y matrícula de honor en ciudadanía libre y más libre todavía, a la sombra radiante de luna.
Este clan sempiterno se reúne en el Euro-playa con los de siempre más los que vienen con ellos, donde soñamos que el año que viene nuestro contubernio hará posible que este aquelarre de vino, mar y cultura, en el mundo nos acompañe a ver nuestros países bajo la óptica de “pensar lo local desde Europa” con necesidad de que las ideas vuelen del Sur por el agua a todos los puertos cardinales en sentencias que veneramos a pies juntillas, que cumpliremos y mejoraremos cada día más. Los sedientos de paz y de conforto, los que nos miramos huyendo de la caverna de una política, que está convirtiendo la formación y la cultura en mercancía caduca; moramos la mentalidad liberal que hace que podamos estar juntos personas de todas las nacionalidades, proveniencias e ideologías políticas.
Es una vez, una vez al año, y si es en Ugento es en el bar de Peppino. Nos unimos para que no nos preñe el desasosiego, pues libres y grillados por la palabra somos apóstoles de nuestro futuro y nadie nos ha conseguido mover de ello. Todos creemos en la ética, el honor y la palabra, la cultura, el lenguaje del humanismo y el hospedaje del amigo cuando lo pasa mal. Liquidamos el verano con las fuerzas que nos permiten decir Sí al trabajo y a la alianza de espacios y civilizaciones; y No al voto cautivo, la veneración de los políticos impostores y a la cultura de media escala.
Peppino vale a completar la anti-guía sin estrellas, estoy cumpliendo el objetivo de· a golpe de calidad y a toda luna. Nace la luna llena a escote de lobos de mar, llevo mi plática casera y esas pocas monedas, jamás llegan a treinta, con las que el cuerpo se reúne en la mansión de peregrinos donde contemplar el Espíritu y con la ambición de recibir clases de mundo. El ancla: Elena, la mujer de Peppino, que paró la vela del marengo. Los hijos, educados y serenos, como si el mar les hubiera sembrado desde una cuna de terciopelo. Encendida la reina luna sobre espejos de mar de azabache, anfitriona de nuestra morada de libertad entreabre la boca del molo hacia una oscura cabaña de pita y madera a medida para nuestra masonería de velas. En cubierta , Nacen sugerencias y deleites al son de una carta de sabor a espuma de ola y el caldo, que se bebe frío, se fatiga en casa y procede de un rincón de vides del Salento. No hay mapas, no son convencionales los caminos que nos llevan a donde la luz de la luna se preña de orilla pero para no ser reyes, ni magos se ha engendrado una estrella: la del intercambio no comercial, la de las líneas editoriales, la filosofía, los escritores, la música, las tecnologías, la formación, la poesía, el teatro, la gastronomía, el salazón, la conserva, los licores, el artesonado… Y todo por gusto.
El molo que se apresta a socorrernos, persigna todos los oficios del Belém, más alguno nuevo, y santifica buenos bocados de enamorados de la vida al son de los últimos estertores del verano. Llegan las ostras, los mejillones, y las almejas vivas, abiertas y limpias, sobre sus barbas reposando del recuerdo de la arena al aire de roca y un enjuague de limón, que si los panfletarios nos montan nos llevamos en el alma tan magna ocasión. Los cuerpos a contornos de felicidad de la libertad de expresión que sin recaudo a la no moda en la choza del último día. La meta es regalarnos matices que nos sirvan a mejorar la convivencia, la economía y la formación de nuestros hijos. Todos los ojos brillan como las luciérnagas, a perfiles sinuosos de tranquila llamada, sobre la ombría de la blanca y hermosa llena que jaspea los frutos a penas tomados que enjugarán la boca y el alma hasta el próximo año. El pescador que ancló hace unos años mantiene el timón de este barco en la cocina. Una porción de Salento, donde Peppino ha decidido dejar de navegar, y navegar para siempre. No hay más sabor que el de la mar donde la mano limpia y condimenta sin espinas. Ya nosotros, los invitados al templo hemos decidido llevar a nuestras ciudades estas experiencias para siempre, sin demoras y sin prisas, y sin asomo de dudas.
Es una choza de lobos de mar, donde hemos celebrado la luna más plena del último verano antes del siguiente. Aunados por el silencio, en el lecho de la tranquilidad de las almas que luchan año tras año, se amarran al mol de Peppino, almas de poetas, garrafas fresquitas de vino de la casa y músicas locales y foráneas para gentes que viven el espíritu. Se permite la dialéctica antiprogre y la creatividad. Atinan a estar en grupo locales y mediopequeños, cualquier edad es posible. Pan a dos hornadas, tomatillos a gogo y todo tipo de ensaladas, otras, mejillones, gambones y navajas.
Las redes colgadas del molo, se limpian al oleaje de los puntos de arenas y nazca o muera el sol, llegan complacientes los frutos a la mesa. El molo cubre el estante del acceso principal a mesas a medio barril empotrado sobre la madera firme pero sonora. Una elevación de un metro sobre las rocas, dos altavoces y los tatuajes de Beppe que cierran anclas sobre el negocio de la familia, que prospera unida y limpiamente.
Una mezzosoprano lírica, que pasea sus raíces antes de tornar a Roma, periodistas que cuentan la verdad y se curan de la hipocresía de los días pasados para volver a remontar sobre la libertad, la paz y el trabajo, sin despreciar el medioambiente, la educación de los hijos y las raíces de los padres.
Juntos, arrimados a la hoguera del cielo, en la más mortal humanidad gente de editoriales, poetas, fotógrafos, filósofos y nuevos grumetes hemos desencadenado la paz sin fronteras, de donde nacerán nuevos proyectos internacionales de cultura, arte, gastronomía, folclore y escritura para la próxima luna llena.
El círculo se abre y se cierra alargándose en este infinito mundo que aterriza en el molo de Peppino. Hoy sabíamos que Benigni venía a Brindisi, quizá también cautivado por los frutos del Salento y lo único que podemos decirle es: Sí Roberto, “la vida es bella”, tan bella que un instante a partir de ahora puede “cambiarlo todo para que nada cambie”, firmado: el contubernio de la luna llena, desde el rincón de Peppino.








